– Monumentos imponentes y bloques pastel en Pyongyang reflejan la ideología del régimen más hermético del mundo.
Pyongyang.- Corea del Norte, conocida como el país más cerrado y hermético del planeta, ha dejado una marca única en el paisaje urbano de sus ciudades. Bajo el rígido sistema socialista que domina su política, la arquitectura se convierte en un instrumento más de control y proyección ideológica.
En la capital, Pyongyang, se alzan monumentos colosales dedicados a los héroes nacionales y al Partido de los Trabajadores, en perfecta armonía con bloques de apartamentos pintados en tonos pastel. Estos colores, que evocan los tradicionales hanbok —los vestidos típicos coreanos—, no son casuales; buscan transmitir una imagen de optimismo y orgullo nacional. Para los pocos turistas extranjeros que tienen acceso a esta ciudad, es una utopía visual de amplias avenidas, plazas inmensas y paisajes meticulosamente diseñados.

Detrás de esta fachada cuidadosamente construida se encuentra una estrategia clara: proyectar al exterior la imagen de una sociedad unida y autosuficiente, siguiendo la filosofía juche. Este principio, promovido por el fundador del país, Kim Il-sung, plantea la autosuficiencia en todos los aspectos de la vida, incluyendo el diseño urbano. Según sus palabras, Pyongyang debía convertirse en “un gran jardín arquitectónico” que encarnara los ideales del régimen.
Sin embargo, para los ciudadanos comunes, la realidad es muy distinta. Más allá de los escenarios cuidadosamente orquestados, los problemas estructurales del país —desde el acceso limitado a recursos básicos hasta la estricta vigilancia estatal— contrastan con la grandiosidad de las construcciones. La arquitectura, en este contexto, no solo adorna el paisaje; también funciona como un recordatorio constante del poder y la omnipresencia del régimen en la vida cotidiana.
